Pero no me comprendía. Pensé que finalmente había enloquecido. Ya no me importaban ni la lluvia ni los paraguas caminantes, ni las coloridas luces intermitentes. Nada de lo real estaba en mi mismo plano, o es que ya no estaba yo ahí. Fue algo así como la primera expresión pura de realismo que atravesaba en mi vida. Nada de lo pasado se comparaba con eso. Casi por instinto, comencé a caminar. Me fui a mi casa, a la original, la primera. Estaba cerca, llegué pronto. Ya no vivía nadie que me conozca, aún así no necesité nadie para entrar. Accedí lentamente, me vi dentro. Vi mi cuerpo con siete años. Vi mis juguetes. Vi mi pelo enmarañado. Vi el verde jardín por la ventana. Me vi a mi con siete años viéndome a mi en el fondo. Lo vi al niño gritar de espanto, a la madre acercarse y verme. A la madre correr con el niño fuera de la habitación. Al padre salir a mi encuentro pisando descalzo el verde pasto y luego el cuchillo en el pasto. Mi padre sangrando por su pie izquierdo, me dejó de mirar.
Yo estaba ahí, y ahora estaba de nuevo bajo la lluvia. En la ciudad. Con los autos, los paraguas y Tomás en el bar a doscientos cuarenta metros tras de mí, observándome y susurrando mi nombre.
Podía sentir su voz, atravesando como una flecha los altos decibeles metropolitanos. Entendía por qué, y era porque poco a poco comenzaba a entender.

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